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vida tranquila vs. vida agitada... ¿es posible elegir?

Deseo compartir con ustedes un artículo de Daniel Samper Pizano, que publica en su Postre de Notas en el diario El Tiempo: "Ahí viene la crisis". Es un artículo humorístico que nos pone a reflexionar sobre la acelerada sociedad en la que vivimos: comidas rápidas, estrés, rapidez, agilidad, etc... El nos habla de un movimiento que está promoviendo el regresar a nuestros hábitos de vivir de una manera más pausada, tranquila y con calma y yo deseo difundirlo porque pienso que vivir con tranquilidad, con serenidad, con calma, es brindarle momentos positivos a nuestra vida y cosechar buenos recuerdos que quizás alimenten nuestra vejez. Qué bonito pensar en las conversaciones en familia, en el libro que compartimos en familia, en los momentos que se tocaba un instrumento o cocinaba su plato favorito.

¿Sería bueno entonces que aprovechemos la crisis tal como lo plantea Daniel Samper Pizano en su artículo?. Quizá esta crisis nos permita dedicarnos tiempo a nosotros mismos y a los seres que nos rodean y no dirigir nuestras energías y nuestra vida a reunir los requisitos que una sociedad acelerada nos impone. ¿pero para que esperar la crisis?

Ahí viene la crisis

Por: Daniel Samper Pizano.

Entre los muchos aforismos inolvidables de Nicolás Gómez Dávila, hay uno que recuerdo constantemente en estos tiempos. "Reemplacemos -dice- tantas definiciones de 'dignidad del hombre' con una simple y sencilla: hacer todo lentamente."

Si no fuera por la lucidez de este comentario del gran filósofo bogotano (que aún no tiene una biblioteca que lleve su nombre), no habría logrado entender yo lo que parece tan diáfano una vez expuesto: la dignidad personal consiste en hacer lo mismo que hacen los demás, pero con mayor lentitud. ¿Qué hace el cobarde en el campo de batalla? Sale corriendo. ¿Qué hace el hombre digno? Se aleja paso a paso. ¿Qué hace la mujer atolondrada cuando un tipo le dispara una propuesta infame en la fiesta o el paseo? Brinca, le grita y se marcha dando un portazo. ¿Y qué hace la mujer digna? Se incorpora, camina sin premura hacia la salida con la cabeza en alto y ordena al portero que le pida un taxi.
Como si hubieran leído a Colacho Gómez, miles de personas profesan ahora alrededor del mundo un movimiento que aplica la calma y la tranquilidad a todas las actividades de la existencia. Son personas que se aburrieron de vivir a mil por hora y quieren moverse piano-piano. Empezó por llamarse "comida lenta", pues era una reacción contra la comida rápida o fast food, esa manía de tragarse en dos minutos una hamburguesa y una gaseosa a modo de almuerzo o sustituir la comida por un sánduche consumido de pie en tiempo récord.

Los amigos de la "comida lenta" decidieron acabar con las prisas y volver a los almuerzos largos, conversados y procesados despacito, esos golpes alimenticios en que se hablaba más que se comía y lo que se comía era bien saboreado, bien masticado, bien digerido. (Los partidarios de la "comida rápida" aspiran a que el aparato digestivo corra tanto como ellos, de modo que prácticamente puedan llevar el plato de pizza y devorarlo en el retrete).

La filosofía de la "comida lenta" abandonó ya la mesa del comedor y se extiende ahora a muchos otros terrenos. Los padres han vuelto a leerles cuentos a los niños para que se duerman; el arte de cocinar recupera su viejo atractivo; los adictos al trabajo son mirados con desconfianza; la pereza ocupa de nuevo un lugar en nuestras vidas; las novelas de 600 páginas sustituyen a las sinopsis de Selecciones del Reader's Digest; el pausado juego del Scrabble o el eterno laberinto del ajedrez empujan al PlayStation; el tren reemplaza al avión, el periódico al resumen del telexto, la noche de amor al quickie, el crucigrama al test de rellenar, la caminada placentera al trote sudoroso, la pantufla al patín, Beethoven al rap, el perro al tamagochi, la pachorra al estrés, la seducción con galanteo a la fácil prepago...

El campo recobra su milenario atractivo. Dicen quienes vendieron su apartamento en la ciudad y ahora viven en una pequeña casa de campo que han descubierto placeres maravillosos ajenos a toda dependencia electrónica, como prender una chimenea, cultivar zanahorias o echarles migas de pan a los pájaros.

Todo lo anterior encaja en la definición colachiana de dignidad. Nada más lamentable que los programas de televisión que muestran la puesta del sol para que la gente pueda verla en pantalla desde la oficina; nada más digno, en cambio, que sentarse a mirar el amanecer con una taza de café caliente (no instantáneo, por Dios, no instantáneo) en la mano.

Yo sé que carezco de autoridad moral para recomendar esta vida serena y lenta, porque vivo en un sexto piso, escribo a toda hora para cumplir con angustia las fechas de entrega de material y solo me levanto de mi silla para prepararme a mil un plato de cereal o ver un partido de fútbol que juega el Barcelona a velocidad de vértigo.

Pero se anuncian malos tiempos. Están echando a muchas personas del puesto y el estándar de vida de la gente cae en picada. Si logro vencer mi atafagada cobardía, pienso dar la bienvenida a la adversidad de manera digna, lenta, sosegada. Pronto me prepararé un café, lo echaré entre un termo y me iré al parque más cercano a esperar la llegada de la crisis.

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